CULTURA

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Breves apuntes sobre “el nuevo Boom femenino latinoamericano”.

Por Ulises Hernández

Breves apuntes sobre “el nuevo Boom femenino latinoamericano”. Sobre una novela: Conjunto vacío, de Verónica Gerber Bicecci

Estamos frente a lo que es la nueva novela femenina latinoamericana. Todo este llamado boom femenino latinoamericano que surge a mediados de 2015 y gran parte del pasado año, llegó para ser una auténtica revolución en cuanto a técnica se refiere. Los temas abordados por las diferentes autoras que integran esta generación de narradoras latinoamericanas son, en su gran parte, las vivencias que les ha tacado experimentar en el ámbito social. Recordemos que el boom latinoamericano, integrado por los célebres novelistas del canon, como lo fueron, en primer lugar, Julio Cortázar (1914 – 1984) con Rayuela (1963); Mario Vargas Llosa (1936) con La ciudad y los perros (1962); Carlos Fuentes (1928 – 2012) con La región más transparente (1958); y Gabriel García Márquez (1927 – 2014) con Cien años de soledad (1967), son toda esta estirpe de innovaciones narrativas dentro del basto mundo de las letras universales. Las invenciones lúdicas del Cortázar de Rayuela fueron el hito dentro de la manera de leer de la década de los sesenta; así como los juegos narrativos de Vargas Llosa dentro de lo que fuera su primera novela; junto con Fuentes y la idiosincrasia del mexicano en sus novelas; y por último García Márquez y el realismo mágico —antes trabajado por Elena Garro en Los recuerdos del porvenir, en 1963—, jugaron un papel importante dentro de la conformación de la literatura hispanoamericana. 

Pero ¿qué pasa con las letras femeninas? Sin duda han llegado para quedarse. Basta mencionar a las argentinas que llevan la bandera: Mariana Enríquez (1973), con su espléndido libro de relatos, el más aclamado a la fecha, me refiero a Las cosas que perdimos en el fuego (2016); y la extraña, pero a la vez maravillosa prosa de Samanta Schweblin (1978), con su libro de relatos Siete casas vacías (2015) y su novela Distancia de rescate (2014), son las obras fundaciones de esta nueva estética que se ha hecho notar como una de las más galardonadas por el mercado editorial, y, sobre todo, por nosotros sus lectores.

La literatura escrita por mujeres en México ha tomado las riendas del mercado editorial, y no es para menos, ya que durante el siglo xxi la literatura mexicana ha experimentado cambios exorbitantes en cuanto a sus temas y tramas. La novela negra, o noir, también ha sido parte de este movimiento de letras que hemos atestiguado los acérrimos lectores de historias.

¿Qué voces femeninas han surgido dentro del país? Para muestra basta un botón. Fernanda Melchor (1982) se dejó ver como una de las mejores narradoras del México contemporáneo, y es que con su novela Temporada de huracanes (2017) tomó la bandera en el territorio mexicano. Fue parte de listas que enmarcaban a los libros más destacados del año pasado. También está la veracruzana Laia Jufresa (1983) con su obra Umami (2015), que llegó al escenario de las letras nacionales con una novela llena de buenos recibimientos. Por otro lado, Bibiana Camacho (1974) destaca con su novela Lobo (2017) y el extraño libro de cuentos La sonámbula (2013).

Pero ¿qué hay de Verónica Gerber Bicecci? Ella nació en la Ciudad de México en 1981. Es Licenciada en Artes Plásticas por la ENPEG y maestra en Historia del Arte por la UNAM. Entre otros de sus trabajos destaca Mudanza (2010), libro de ensayos en donde expone sus ideas en torno a los diferentes escritores que, por así decirlo, se han “mudado” de la escritura a las artes visuales. Cuando fue publicada la novela Conjunto vacío (2015) fue de gran relevancia, ya que todos mis allegados la denominaban “la novela capital” del “nuevo boom femenino latinoamericano”, pero fue hasta finales de 2017 cuando agarró fuerza la novela que consta de apenas 215 páginas —contando los agradecimientos—, y que todo mundo comenzó a leer. La novela, junto con Temporada de huracanes, de la mexicana Fernanda Melchor, encabezaron las listas de los mejores libros de 2017. Y una simple lista no le hace justicia a la calidad narrativa y gráfica con la que está contada la historia de Verónica, la protagonista.

Conjunto vacío está escrita con una precisión estética digna de una pieza de arte, e incluso se podría decir que hasta matemática. La observación astronómica en las distintas bitácoras que va haciendo Verónica significan esa irrupción de las ciencias exactas en las cuales está sumergida la protagonista. La suma de los días, la resta de las emociones, la multiplicación infinita de las situaciones comunes y la división de las personas —como lo es la madre de la protagonista, que desaparece así sin más—, son, en gran medida, la espina dorsal de la novela. Las técnicas narrativas y gráficas representan un paso más en la literatura mexicana, y es que el fluir de la conciencia y las diferentes piezas abstractas que imperan a lo largo de la novela son, en su mayoría, terrenos de exploración en la psicología de los personajes. Gerber escribe con el cerebro en la mano. Es una escritura llena de ciencia, de seres matemáticos, de conciencias exactas. No hay mensajes entre líneas, todo está ahí, pero a la vez nada. Los personajes: Alonso, el Tordo y Verónica, se encuentran en una encrucijada de emociones, de sinsabores, la vida misma ante ellos. El triángulo representa esa figura que todos queremos evitar, es el síntoma perfecto para saber que hay un peligro eminente.

El exilio de emociones y de sentimientos es la línea por la cual la novela se desenvuelve. Verónica es hija de exiliados argentinos. Alonso también es hasta cierto punto un exiliado de sí mismo —un autoexilio, al fin y al cabo—. Su madre, una escritora que sólo publicó un libro en vida, también era nadie. Es, pues, una constante desaparición de la faz de la tierra. Verónica desaparece de la vida del Tordo; Alonso desaparece yéndose a los Estados Unidos; el hermano de Verónica es un autoexiliado de la vida diaria. Son personajes fugaces.

A través de un código de palabras —escritas al revés—, es como Verónica se comunica con Alonso, mediante cartas. A lo largo de la novela, el lector jugará un papel muy particular, ya que irá descifrando los mensajes, interpretando los códigos de las imágenes —será como un detective que ya sabe en dónde terminará la historia—, incluso las bitácoras de observaciones esconden un hilo en la narración. Es una comunicación entre cómplices: autora-protagonista-lector. En Conjunto vacío juega el mundo entero. Juega el cuerpo. Juega la mente. 

Leer a Gerber es como cruzar la calle de la mano de un extraño, no sabes a donde te llevará. Sin embargo, la curiosidad nos dará una sorpresa agridulce en donde todo será ¡plaf!, y nada más. La peculiar galería de personajes que se encuentran en la novela es un espejo de nosotros mismos. A raíz de una ruptura amorosa es como Verónica Gerber escarba en el alma humana, destapando esos conjuntos vacíos que inundan al ser humano. Un negro sobre negro literario.